Los cuatro hermanitos nos arreglábamos solos para ir a la escuela temprano. Cada quien se vestía y cada quien se peinaba. Luego salíamos a recorrer desde temprano la larguísima distancia hasta la escuela.
Mi hermana mayor cada tanto me regañaba por no peinarme. Sin creerlo yo le replicaba desde mis nueve años que estaba equivocada ¡porque sí estaba peinado! Ella se enojaba más; quizás le parecía cínica mi actitud.
No sé cuántas veces me lo dijo hasta que se hartó y me explicó que no estaba peinado atrás. ¿Atrás?... fue una revelación.
Pero qué raro, pensé, en el espejo sólo se ve mi cara, no mi nunca; debo peinar sólo lo que veo (no había considerado que los demás sí veían mi nuca, jajaja).
Apenas así descubres esas cosas. Y otras.
"¿Cómo me veo?", "a ver, échame una mano", "¡sosténlo de ahí!", "¿te cuento lo que me pasó?" Son esas otras cosas que no podrían ser sin los otros.
La Biblia dice que somos una familia, un edificio, un cuerpo. Somos muchos y uno. También que "mejores son dos que uno" y que "cordón de tres dobleces no se rompe pronto" (Eclesiastés 4:9-12).
Estamos hechos medio incompletos, para errar y vagar alegremente por el mundo en busca del escenario donde calce la pieza que somos. Somos la pieza que el otro busca y necesita y el otro es la mano que levanta aquel extremo de mi carga. Mi verde lo necesita alguna paleta de pintor ¡aunque yo mismo no sea pintor! A cambio el otro me obsequia un trozo de su vida que adereza mis letras.
Ingenioso y divertido, Papá bueno con humor de fiesta ha tenido la ocurrencia de tener hijos que se reconocen como hermanos y pueden, si quieren, hacerse amigos. "De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres" (Hechos 17:26).
Caray, y qué magnífico ejemplo el del gran Otro, el que dio su vida por sus amigos (Juan 15:13).
Ah, ¿qué haría yo sin los otros? ¿qué harían sin mí? ¿qué sería de todos sin el Padre?




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