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El tiempo es un fluido sordo a los ruegos. Con imparable obstinación persiste en avanzar sin mirar siquiera de lado. Y está medido milimétricamente; no tenemos ni más ni menos.
Los seres humanos caminamos dentro de ese canal de vida e historia. Ya se sabe que no hay escapatoria, pero algunas veces nos gusta soñar con la posibilidad de retroceder o dar algunos saltos adelante. Imposible, el tiempo sólo avanza, con su ritmo monótono, implacable.
Dios mira desde la orilla. El pensamiento de que él está fuera del tiempo suena tan raro. Con decirte que, por más que lo sabemos eternamente joven, lo representamos invariablemente anciano. Aunque creemos que el paso del tiempo no le resta vigor, lo imaginamos siempre quieto en su trono.
Puede sonar injusta su exigencia, que nos impone metas infinitas y nosotros, ay, somos finitos, nos acabamos, se nos gasta el ser y nunca acabamos de llegar al destino propuesto.
De las muchas cosas determinantes que la Biblia enseña acerca del tiempo, rescato dos para nutrir tu jornada, ya que te has detenido a gastar unos momentos para masticar estas palabras.
La primera es que el cuidado de los límites es la medida de nuestra capacidad para administrar la infinitud.
Te explico: ¿Sientes que te falta tiempo, que todo va demasiado rápido, que si pudieras harías más? Yo te respondo: ¿de verdad? Digamos que vivieras 300 años más, ¿serían diferentes las cosas?
Pues bien, no hay 300 más porque la perspectiva de Dios se resume en las palabras de Jesús: "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel" (Lucas 16:10). La brevedad actual es un buen período para aprender a movernos con soltura y decencia en el tiempo. Recuerda que Dios nos promete la eternidad y eso es mucho, mucho, mucho tiempo. Si puedes ser buena gente a lo largo de varias decenas de años, al Padre celestial no le quedan dudas de que los serás por milenios.
La segunda cuestión es que el pasado nos secuestra el tiempo. No sé, perdemos el paso, estamos de malas, nos torcemos un pie, en fin, el caso es que a veces dejamos huellas chuecas, que dan vergüenza y lastiman. Algunos trozos de pasado nos duelen particularmente. La buena noticia es que el Dios bueno es también experto en correcciones. Colosenses 4:5 tiene una expresión llamativa: que hay que andar "redimiendo el tiempo". En algunas versiones dice que eso significa aprovecharlo, pero a mí me gusta más la idea de redimir o rescatar, de trabajar para devolver su libertad de movimientos a nuestro presente compensando por el bien no hecho antes. Es como ser bueno a toro pasado; quizás no tiene la frescura y el reconocimiento del que es bueno en tiempo real, en el momento, pero no importa, a Dios le encantan los rescates y trabaja codo a codo con quienes están dispuestos a volver tras sus pasos, desanudar la madeja y ser honestos y transparentes.
Redimir el pasado tiene su precio: abrir el corazón, curar en definitiva heridas antiguas, pedir perdón, humillarse, desprenderse del lastre. La recompensa es paz. Vale la pena.

 

por Alberto Moncada www.apiecondios.com

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