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Las cosas no siempre salen como uno quiere, incluso parece que ciertos días las circunstancias se confabulan para arruinarnos la historia. En esos momentos, a pesar de los trastornos, nos viene de perlas la capacidad de aprendizaje y adaptación que Dios programó en nuestros chips. Por más intensa que sea la primera parálisis que resulta y las quejas contra la vida que nos salen tan naturales, normalmente Dios sabe que podremos domar el nuevo potro para poder seguir el camino quitados de la pena. Y es que la vida ya es demasiado complicada e ingrata para andar rumiando los fracasos.
De todo hay que aprender, como de mi Volare.
Mi primer carro ya tenía sus años cuando me lo agencié. Ya que no le quedaba mucho aliento, lo metí en toda clase de terrenos hasta que prácticamente murió de muerte natural.
Lo abandoné en un deshuesadero de uno de los miembros de la iglesia a la que yo solía asistir. Para no dejarme a pie el hombre rescató un viejo deportivo Volare al que le adaptó al piso una caja de velocidades de las que se usaban arriba, en el volante. La novedad dejó de ser divertida en cuanto descubrí que donde normalmente se metía la primera estaba la reversa, en la segunda estaba la primera y si metía tercera en realidad apenas había llegado a la segunda... no te preocupes, a mí también me costó entender.
Al principio tenía que concentrarme para no ir en reversa inadvertidamente queriendo ir hacia adelante. Aprender a manejar impide que manejes, se ve; son demasiados detalles a la vez.
Pero lo que tenía que pasar pasó.
Transitaba en una ciudad pequeña y se complicó el tráfico. La única avenida grande estaba llena de puestos de venta un domingo y en la calle lateral acabamos amontonados todos los que quisimos circular en tan mala hora. La fila de autos acabó deteniéndose por completo y luego avanzando a vuelta de rueda.
Algo se desenredó más adelante porque de pronto se abrió el espacio y todos aceleraron. Metí primera, aceleré a fondo para aprovechar y ¡zas! di de lleno contra el auto de atrás. O debo decir que le pegué aparatosamente por meter reversa.
El conductor de la camioneta que había golpeado se bajó casi al instante. No sé cómo le hice pero en segundos le expliqué la novedad del carro, en menos tiempo me entendió y más rápido todavía estaba riéndose divertido. Como a los vehículos no les había pasado nada realmente dejó el reclamo en suspenso; tal vez pensó que la perplejidad que yo mostraba era suficiente castigo.
Aprender, crecer y adaptarse no quiere decir, por supuesto, que uno tenga que resultar experto en todas las máquinas y situaciones excéntricas. Quiere decir más bien retener la capacidad de sacar lo positivo, ser más prudente para la siguiente y aprender a pararse mejor, para aguantar las oleadas de la existencia.

Que conste que "no digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre" (Filipenses 4:11, NVI)

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